LA TELEQUINESIS DEL MUNDO

Pablo Reisz


TELEQUINESIS DEL MUNDO

I


La turbina de luz brillaba en todo su esplendor. El brujo la observaba directo al centro, acostado en su cubículo, sin poder moverse. El viaje galáctico requería esa postura, podría decirse que era similar a estar en una cama brillante. El brujo cerró los ojos y recordó.
Lo habían condenado al exilio infinito. El comité cósmico no tuvo misericordia, hacía décadas que lo perseguían. Posiblemente lo atraparon por el simple hecho de olvidar, de dejar la magia sideral, de enamorarse, y ser simplemente un mortal más. -La estructura de los destinos funciona erráticamente- meditó. Lo detuvieron, lo han juzgado y exiliado. Enviado, sin retorno, en esta “cama” que irradia energía, al planeta desierto.
Recordó su conversión, aquel momento en que dejó la mortalidad, rompiendo la dimensión temporal. Recordó su entrenamiento, su enfriamiento emocional, la “contemplación máxima”. A través de ella fue capaz de “ver”, por primera vez, el “ser todo”, sin espacio, tiempo, ni límites, abarcando la inconsciencia.
Recordó la causa de su condena. Asesinato. Terrorismo. El asesinato del niño, del elegido. Un crimen atroz, él lo sabía, pero debía torcer la historia, cambiar su curso, sacrificar a esa criatura para prevenir la profecía.
Tuvo la visión, lo había soñado. El hijo de la emperatriz poseería los máximos poderes telequinéticos y, cegado en su ambición, comenzaría la mayor matanza de la historia del quinto universo. Intuía que ella , la madre, también lo sentía. Pero se negó a aceptarlo. Sería una atrocidad, un delirio, un miedo, pura imaginación. El materialismo se apoderó de ella como el gran recurso contra su pálpito, por lo tanto las aficiones religiosas y telecósmicas perdieron lugar en su reinado. Fueron, poco a poco, reemplazadas por las técnicas y ciencias del mundo sensible. Dejando de lado a “la visión”: la verdadera fuente del conocimiento y de la civilización.
El brujo abrió los ojos, la luz brillante empezó a parpadear, señal de que la nave de energía, estaba llegando a su destino con él como pasajero. Miró a través del campo energético a su nuevo hogar, el planeta desierto, tendrá que vivir y morir allí, esa gran roca que flota en los límites del quinto universo, al extremo oscuro de la galaxia, Más allá: el abismo espacial, lo desconocido, otros universos sin explorar. Sus lejanías y distancias gamma, necesitan un viaje un millón de veces más rápido que la velocidad de la luz, difícil.
El planeta desierto se acercaba, pudo distinguir los soles azules cerca, pudo ver los océanos secos y rojos a medida que su vehículo avanzaba. El brujo cerró nuevamente los ojos, sabía que el fin del viaje implica la muerte momentánea. Se desintegraría junto con la nave al entrar en la atmósfera, para luego reintegrarse en la superficie del planeta. Sabía que podía ser mortalmente definitivo, o peor aún: no reintegrarse supone quedar en un limbo ínter-dimensional, donde la conciencia queda atrapada. A este terrible estado los presos lo llaman el “ojo abierto”, puesto que no se puede descansar, no se puede dejar de observar, sin embargo, no existe la capacidad de materializarse en un cuerpo. Uno queda atrapado.
El brujo se desintegró junto a su nave, al entrar en la atmósfera.

II


Ella despertó de su sueño antes de abrir los ojos.
“Vio” que golpearan la puerta y la llamaran, escuchará la voz de su asistente Reggia, su fiel “madre sustituta”, estudiante de La Alta Magia.
Ella abrió los ojos, escuchó los golpes en la puerta y a Reggia llamándola.
—La Niña emperatriz debe ya levantarse.
“Vio” que Reggia caminará deprisa ocultando un bebé entre sus ropas.
“Vio” que la sombra llegará, en un arrebato tomará al bebé y abrirá cortando la garganta de Reggia , quien cayendo al piso, ahogándose en su propia sangre, morirá.
La niña se despertó gritando. Vomitó en la cama dorada, nerviosa por ese extraño sueño.
La habitación era plateada, a través de las ventanas se filtraba la luz roja del sol creciente, en el centro flotaba la lámpara kinética, reflejando los rayos solares hacia todos los ángulos del lugar. Desde la puerta, Reggia observaba la cama imperial dorada en la cual estaba la niña. Algo raro sucedía: a veces la pequeña se comportaba extraño, decía cosas sin sentido. La responsabilidad de la madre sustituta era muy importante. Los padres de la niña emperatriz habían muerto en un viaje diplomático. Su nave habría perdido el rumbo y, extraviada en la “zona de los destellos”, colapsó contra un asteroide.
Las consecuencias del accidente fueron terribles. Reggia dedicó los últimos tres años a cuidar a la niña, heredera del trono galáctico. No fueron pocas las disputas por el poder en las distintas facciones del gobierno. Los Señores del Círculo Negro eran la facción más poderosa y habían normalizado la situación de anarquía exterminando una galaxia completa, acabando con los opositores, los Ancestros.
Estas dos sectas convivieron en paz durante siglos, sin embargo, en su lejano pasado, no fueron pocas las guerras y enfrentamientos entre ellas. Cuentan los mitos secretos que en su comienzo no eran dos grupos enfrentados, sino un único grupo liderado por “La Voz”, un ente telepático que transmitió el conocimiento de los viajes atemporales; permitiendo la construcción y evolución tecnológica. Esto produjo la conquista del espacio.
Una mujer mortal, una hechicera, llegó a conocer los secretos de “cosmos único”. Alcanzando la inmortalidad y transformándose en un ser muy difícil de explicar para las mentes humanas comunes. Este ser con el tiempo fue llamado “La Voz”.
“La Voz” guió al grupo y creó nuevos mundos. Dominando y conquistando civilizaciones perdidas en los universos. Estos acontecimientos sucedieron hace miles de años, en el principio del quinto universo. La expansión cesó, “La Voz” dejó de escucharse, perdida en los tiempos, nadie ha sido capaz de recuperarla o volver a percibirla. Simplemente calló para siempre.
Con los siglos la secta se dividió. Los Señores del Círculo Negro se quedaron con el control del extremo rojo del universo y los Ancestros se recluyeron en una galaxia lejana.
Los relatos son varios y dispersos, no se conoce cuál fue el motivo de la “Nueva Organización”, la cual impuso al Imperio Galáctico que gobierna todavía hoy. A través de la descendencia divina, la nobleza gobernante afirma su raíz directamente de “ella”, la “génesis”, “La Voz”.

III


El viento helado despertó al Brujo. Se incorporó mareado y miró hacia el horizonte. Estaba reintegrado, había resultado exitosa la llegada al planeta desierto.
Miró sus pies pisando el áspero suelo. Buscó su bolsa entre las piedras, en ella estaban sus únicas pertenencias. Extrajo su abrigo y se lo puso. Los vientos eran fuertes y fríos, deberá buscar un refugio antes que llegue la noche, la cual dura unas treinta horas en este planeta.
Se puso en marcha hacia las montañas rocosas, seguramente encuentre alguna cueva que le sirva para ocultarse del frío. Cuando pase la noche, podrá caminar hasta encontrar algún poblado, en el cual poder hacer contactos para conseguir comida.
El viento levantó tierra y arena, entre el polvo fue perdiendo el rumbo. Caminando en una niebla de tierra que brillaba por los últimos rayos del sol. Guiado por su brújula, siguió al sur hacia las montañas.
Avanzó unas cuatro horas. La luz del día se desvanecía, y con su ausencia aparecen los monstruos que salen a cazar en la oscuridad.
El camino se hizo más empinado y pedregoso. Miró hacia arriba cuando el viento se calmó, una luz surgía de una cueva. Observó con esfuerzo una silueta negra.
Las piernas le dolían, su mente estaba confundida, aturdida por el viaje cósmico. Levantó su brazo e hizo una señal, lo más cercano a un saludo que pudo emitir. La figura le respondió de la misma forma y empezó a bajar por las rocas directamente hacia donde él estaba.
Pudo divisar a un anciano que se acercaba. Sus ropas eran viejas y harapientas. Sus pies estaban sin calzado alguno.
—Caballero, estoy perdido y sin alimento, necesitaría ayuda por favor —dijo el brujo.
—¿Te han exiliado, extranjero? Algo terrible has de haber perpetrado para que te envíen al fin de la existencia.
— Señor, por favor, no me juzgue por mi condena, no me juzgue por mi pasado, no deseo el daño, no deseo el mal, simplemente quiero olvidar.
—¿Olvidar? Claro. Es la única alternativa a la locura. Este lugar… —El anciano levantó rápidamente la mirada al escuchar un sonido que provenía desde el desierto —Rápido, ven conmigo hacia la cueva, se están acercando las “criaturas”, nos matarán si nos encuentran afuera en la noche.
Los dos hombres subieron hasta la cueva y se adentraron en ella cerrando la entrada con unas tablas de madera.
Desde afuera la luz se extinguió, la negra oscuridad junto a remolinos de tierra cubrieron toda la visión, sólo quedó el sonido del viento y el frío helando piedras y rocas.
—Acércate al fuego, extraño. Quiero ver tu rostro.
El brujo asintió y avanzó hacia la llama.
—Tu… tu rostro es de alguien más joven que yo… pero tus ojos… tu mirada, ese brillo, ya lo he visto… tú… tú no eres un hombre común.
El brujo callaba. Sabía que el anciano conocía su estirpe.
—Tu eres un “Ancestro”. Dijo el anciano.
—Ya no… ahora soy un marginal…
—Pero tú debes haber vivido cientos de años, tú controlas la telequinesia, la “visión”…
—Ya no… sólo soy un criminal… como tú… un exiliado…
El viejo dejó de hablar, en ese instante supo que el brujo “veía” algo de su vida. Y habló.
—Hace más de cuarenta años que estoy aquí, me he vuelto un ermitaño. Vivo sólo en mi cueva, con la luna, los soles azules y mis pensamientos. Hace años que no bajo a los pueblos donde viven los nativos. Da lo mismo, ellos nos odian, odian a los exiliados. Han matado a varios. A mí me dejan vivir en paz.
—¿Y las “criaturas”?
—Descienden de los poblados expuestos a las explosiones nucleares, son perversos, sólo buscan matar y satisfacer su morbo. Sólo salen de noche, la luz les lastima los ojos. Han sufrido mutaciones por la radioactividad nuclear. Aquí dentro estamos a salvo.
Los dos quedaron mirando el fuego, escuchando las ramas crujir por el calor. El brujo se perdió en su interior, ahogado en sus pensamientos, no pudo contenerlos más. Se dejó llevar por la bronca y la frustración. La ira fue creciendo en su pecho, como la marea subiendo, cada vez más, avanzando… Era muy extraño en él, su mente desde hace mucho tiempo estaba dominada, pero ahora fluía sin control y se aprovechaba de su debilidad, de su desgracia.
¿Quién era ese anciano? ¿Qué hacía allí? Preguntas y más preguntas. El fuego lo llevó a un pasado olvidado, a otro planeta, a otra galaxia, cuando él era tan sólo un niño. Antes de su iniciación. La secta lo buscó y lo encontró. Ellos siempre llegan a uno. Ellos “saben”.

IV


Reggia estaba cansada, estaba enojada, no pudo tolerar su angustia y se encerró en el baño. Las lágrimas brotaban de sus ojos mientras miraba el reflejo amarillo en el vidrio. Había perdido su libertad, había perdido su vida. Una sencilla rutina. Era lo que más anhelaba y eso le fue quitado. El destino es caprichoso. No podía elegir, debía cuidar a la niña emperatriz, pero la tarea era demasiado grande para ella.
Metió la mano en el bolsillo de su traje imperial y sacó la raíz. Mordió un pedazo y masticó sintiendo el amargor de los jugos en su lengua. El reflejo amarillo brilló más y la encandiló por un segundo. Los colores de las cosas se intensificaron; luces y sombras se expandieron. Los objetos revelaron su forma desde una perspectiva nueva. Ella observó la belleza inmediata, la tarde era hermosa, el silencio fue eterno. El sol era cálido, una bola enorme lejana y brillante que impregnaba de luz a todas las cosas. Ya no lloraba, ya no estaba enojada. Estaba en paz. Pensó en la niña, era tan dulce, tan linda, tan frágil. Ella la amaba. La quería como una hija. Quería mantenerla a salvo, libre de problemas, que nada le suceda. Iba a estar bien.
Reggia salió del baño y se sentó mirando el crepúsculo.

V


—¡¡¡Pero es injusto!!! —Gritó Erik a su padre —¿Por qué tenemos que vivir aquí? —le preguntó.
—Nos han asignado en la zona industrial, soy mecánico de osciladores de energía, hijo.
Erik lo sabía. Ellos no podían elegir.. La vida estaba dictaminada. El oficio es lo único. No es tan malo: un día más, un día menos. Amistades, la escuela, los aprendizajes de técnicas energéticas. Tan sólo era un niño, pero no le gustaba la idea de vivir así. Veía a su padre día a día, volver de la estación industrial y quedarse en la cápsula emocional una hora o dos. Para luego levantarse, comer y acostarse otra vez.
Su padre se metió en la cápsula, pulsó una combinación de botones, el aparato comenzó a brillar y él se quedó acostado mirando al vacío.
Erik giró su cabeza hacia otro lado, hacia la ventana. Afuera podía observar las fábricas de osciladores, inmensos edificios de color rojo que se elevaban hasta el cielo. El sol bajaba y les daba una tonalidad especial, los hacía más intensos y lejanos. El niño miró a la calle, frente a su cubículo habitacional, en la pared había una pintada, un símbolo que le llamó la atención. Lo miró fijamente. Un diamante con un ojo abierto en su interior. Debajo del dibujo se podía leer “Materia Absoluta”. Erik estuvo a punto de preguntarle al padre qué significaba esa pintura pero luego recordó que : “no se debe molestar cuando alguien está en la cápsula emocional.”

La alarma sonó y Erik abrió los ojos. Estaba sólo. Vivía en soledad desde que su padre había muerto. Había enfermado gravemente, los médicos no pudieron hacer nada. Tampoco dijeron la causa de su enfermedad, pero todos la sabían: sobreexposición a radiación nuclear. Erik se levantó, debía apurarse, “el transporte colectivo no espera a nadie”.
Igual que su padre, Erik era mecánico de osciladores energéticos, se había especializado en la escuela, había conseguido un puesto en la fábrica, seguía los pasos y lineamientos paternos.
Pensó en su madre ¿Dónde estará? ¿Seguirá en este planeta? Los había abandonado cuando él era muy pequeño. Estaba involucrada en un grupo de culto metafísico extremo, terminó dejando a su familia y desapareciendo al igual que el grupo esotérico.
Erik se inyectó en la piel los vital nutrientes específicos y se miró en el espejo, podía ver el reflejo de la cápsula emocional, vieja, vacía y sin uso. Nunca la usaba, no le gustaba, no podía entender por qué a la gente le interesaba tanto meterse en ese aparato.
En el transporte colectivo se viajaba acostado dentro de las burbujas. La velocidad era tal que de no estar en el estado de trance contenido en las burbujas los pasajeros morirían. El transporte llegó a la fábrica y las burbujas se disiparon. Erik al levantarse vio a Freda, su compañera en el sector de osciladores de energía.
—¡Freda! Hola. ¿Qué pasa? Te veo muy seria.
—Erik, ayúdame, vienen por mí ¡Rápido, toma esto! ¡No se lo muestres a nadie, no digas nada y muévete a un lado! —Ella le entregó un “MENTALCHIP” en la mano.
—Freda, ¿qué es esto?… yo… ¿quién viene por tí?
En ese momento ante las puertas del sector osciladores se materializó una nave imperial de la cual bajaron dos sacerdotes-vigías e inmovilizaron a Freda utilizando rayos púrpura. La subieron a la nave desintegrándose, desapareciendo en el acto.
Erik quedó estupefacto, perplejo ante la situación. Los compañeros, entrando a su jornada, se miraron entre ellos. Una obrera sonreía. Erik pensó en lo que Freda le dijo, y miró a su puño cerrado. Dentro estaba el chip.
El robot de control productivo pasaba flotando en el aire, controlaba la línea de producción. Se detuvo en el espacio de Erik emitiendo su voz de mujer:
—Tu rendimiento es inferior a la media, ¿Te sucede algo? ¿Algún problema?
—Nada “Superior-Bot”, sólo estoy un poco cansado.
El robot emitió una luz rosa de sus lentes ópticos y se elevó por encima de Erik. Alcanzó el piso superior donde estaba otra cadena de producción, los electricistas.
Erik estaba distraído, pensando en su compañera Freda y en el MENTALCHIP. ¿Estaría metiéndose en algún problema? ¿Debería entregar el chip a algún superior? No podía concentrarse y sólo quería llegar a su sitio habitacional para relajarse.

Entró en su hogar, fue directo a la mesa, sacó el chip mental de su bolsillo y lo apoyó. La casa estaba vacía, solo había diskettes, baterías sueltas por el sofá y su tele-órbita en la mesa. Era lo único que necesitaba. Se colocó la corona telepática digital en su cabeza, tomó la tele-órbita y le introdujo el chip mental. Se acostó en la cápsula y pulsó un botón del aparato.
Lo último que vio fue el techo de su habitáculo, luego la oscuridad percatándose del total silencio. Estaba empezando a disfrutar de “ese vacío” cuando apareció un símbolo en su retina, un emblema que ya había visto alguna vez: “MATERIA ABSOLUTA” -escuchó dentro de su mente, pronunciado por una voz femenina clara y tranquilizadora.
El campo se podía mirar desde las alturas, árboles, ríos, animales pasaban debajo a una velocidad considerable, era como estar volando. A lo lejos se veían las nubes de colores naranjas, rosas y azules, bajo un cielo estrellado en el anochecer. Luego una ciudad se acercaba con sus luces y naves, sus habitantes, sus congresos, sus edificios. Erik volaba mientras escuchaba la voz de la mujer:
—La materia, es lo que ves, el mundo. Lo real, es la naturaleza. Tu cuerpo. Tú eres tu cuerpo. El principio y el fin. Es perfecto, no lo puedes sentir hasta que lo empiezas a perder.
Erik voló hasta llegar a un lago, descendió sobre los pastos, y se sentó. El sol era intenso, veía los pájaros y los pastos moverse con el viento y el brillo del agua azul, que reflejaba la luz del cielo celeste con sus nubes blancas.
—“El espíritu es la Gran Mentira.”, La única verdad es tu cuerpo, tu piel, la carne . “
En ese momento giró a un costado al ver a una mujer parada observándolo, sólo llevaba un vestido blanco que brillaba hasta encandilarlo.
—¿Dónde estoy? Preguntó Erik.
La mujer sin despegar los labios le contestó telepáticamente:
—Estás en tu cuerpo. En tu casa, en la cápsula. Todo esto es una ilusión. Todo es ilusión.
Muerte a la mentira. Muerte a la religión. Tú no eres feliz. Tú no eres libre. Nunca lo fuiste. Vivimos en una Teocracia. Sólo los monjes y sacerdotes tienen el beneficio de la libertad. Tú nunca lo tuviste, tu padre nunca lo tuvo. Lo sabes bien. El mundo espiritual no es más que otro tipo de materia. Nos hacen creer en que es el infinito, que hay un mandato, todo ¿para qué? Para controlarnos, para controlarte. Despierta y ve al sector 7, ahí hay una librería de diskettes. Cuando entres ahí, pregunta por el diskette llamado “ILUSIÓN”.
La mujer en ese momento elevó sus brazos al cielo, Erik miró hacia el sol y la luz abarcó todo. Perdió la visión y cerró los ojos.
Los abrió, la oscuridad de su casa, el techo de su hogar, escuchó el silencio otra vez. Salió de la cápsula y se miró en el espejo, “todo es ilusión”, pensó.

VI


El anciano corrió las maderas que tapaban la entrada a la cueva y miró hacia afuera. Había comenzado el día. Salió a respirar el aire del exterior. La cueva, su hogar, ese hueco en una gran roca, era frío y estéril. —¿Cómo pude terminar aquí? — y terminaría sus días allí?.
El encuentro con el extraño “ancestro” le había hecho pensar. Pensar en otra época en la que fue un líder, había tenido poder, lo seguían, lo adoraban. Tuvo mala suerte y terminó en este solitario planeta, destinado a la lejanía, sin contacto con la civilización.
Caminó por el sendero, subiendo la montaña, hasta un círculo de piedras que él mismo había puesto ahí. En el centro un animal similar a un perro muerto estaba atrapado en la trampa. Le sacó las cuchillas del cuello y estómago, y se dispuso a sacarle la piel con su cuchillo. Tomó los órganos internos y los colocó en el centro del círculo, servirán para atraer otra presa.
—Aquí hay alimento. ¿Podrías encender el fuego? —le dijo al brujo que estaba fuera mirando las estrellas solares en el cielo.
El brujo se limitó, en silencio, a obedecer.
—¿Tú servías a la Emperatriz Imperial? —Preguntó el viejo.
—Así es. Yo era parte de las esferas más altas.
—¡¡Ustedes me han mandado aquí!! Hijos de puta. Ojalá sufras lo que han sufrido miles de víctimas suyas. Yo fui un opositor. Ustedes con su magia y sus artes mentales. Ustedes con sus historias y profecías. ¡¡¡Ustedes…!!!
El brujo sonrió. Y dijo:
—Justamente, por destruir el mandato de la profecía terminé aquí.
El viejo hizo un gesto de desprecio con la mano y dijo:
—Aliméntate, pasa la próxima noche aquí, pero mañana vete. Vete y no vuelvas, maldito.

El planeta desierto es una prisión. Allí son enviados los criminales políticos, terroristas, intelectuales y desertores del Imperio. El planeta se caracteriza por casi no tener lluvias, dos o tres cada cinco años, pero la vida es posible por sus lagos subterráneos. Debajo de la superficie hay agua, a unos 40 metros se puede encontrar. Algunos sectores poseen océanos subterráneos, pero a kilómetros de la superficie. Existen minas y excavaciones cuyo fin es llegar a los océanos enterrados. Se han desarrollado “pueblos nativos” con su propia tecnología, fuera de la “cultura dominante del imperio”.

VII


Brillan las paredes. La madre sustituta se acostó, sentía cosquillas bajo la nuca, mordió un pedazo más de raíz. La lámpara colgada del techo era lo único que existía, sus bordes irradiaban líneas blancas. Reggia no podía moverse, no podía pensar. Sólo dejarse llevar… soñar, era similar a soñar; un sueño más.
Se alejaba, lejos, cada vez más, hacia otro mundo. Podía sentir como pasaba el tiempo. Años, como si fuesen segundos. Sentía que se elevaba en la oscuridad, sentía velocidad, mucha velocidad. Vio una luz muy pequeña, muy distante, en el centro de la oscuridad, poco a poco se iba acercando.

Soñar.

La luz era una abertura, la entrada a una cueva en el vacío de la noche. Reggia se paró en la puerta y entró. Adentro había un hombre sentado. Un anciano mirando el fuego. En medio de esa noche, en medio de ese vacío, en medio de esa oscuridad, en medio de ese instante el viejo la vio.

Soñar.

El anciano le habló, pero ella no pudo escuchar lo que decía, no pudo descifrarlo. Reggia quiso hablar y no pudo. No salió sonido alguno ni palabras de su boca. Miró sus manos y no pudo distinguir bien su cuerpo, no era sólido, era más bien gaseoso. Era similar a un vapor.
El anciano se apoyó atrás contra una pared, tomó un palo de madera y se lo lanzó. Se notaba el nerviosismo y el enojo mientras gritaba, pero ella no podía entender qué decía.

Soñar.

Reggia salió flotando de la cueva sin proponérselo. La luz de la entrada se fue volviendo más pequeña en la negra oscuridad. Se alejó para entrar en el espacio vacío una vez más. Sentía la velocidad, la fuerza, pero a la vez la calma y el silencio. Un viaje extraño.
Abrió lentamente los ojos y poco a poco recuperó la vista. La Emperatriz que la miraba, dijo:
—Has tenido el sueño de la muerte, casi no vuelves. Yo te traje. No respirabas cuando te encontré. Ya es tiempo para que lo dejes o morirás —le mostró la raíz abriendo su mano.
Ya es tiempo. La niña ha crecido. Ahora es una mujer, es la emperatriz, la máxima potencia.
La madre sustituta asintió sin decir palabra. Sólo era eso, una sustituta, un elemento reemplazable, una pieza más en un juego del que no tenía protagonismo.
Asintió y sonrió disculpándose con la hija que había poseído momentáneamente por unos años y luego perdido. Esa hija, adulta ahora, tenía otros compromisos. En pocos días iba a concretar la reunión diplomática con las altas esferas de la sociedad.

“La raíz de Dios, como la llaman los asiduos a comerla, es el alimento del alma. Abre la puerta a la bella nostalgia de la existencia”, pensó Reggia con tristeza, cuando la Emperatriz salió de su cuarto.
Su madre solía usarla también. Recordó reuniones en las que sus padres y otros familiares adultos comían la raíz y soñaban juntos. Era un requisito en las primeras etapas del estudio de la alta magia. La raíz abría los canales, y conectaba con los estratos de lo oculto. Pero su uso debía ser esporádico y únicamente para “movilizar” el alma, nunca como un fin en sí mismo. Podía transformarse en un arma de doble filo. Con los años y usos reiterados terminaba por inmovilizar el espíritu, convirtiéndolo en esclavo de ella. Sentir y apreciar la propia vida requerían de su amargo jugo. El placentero efecto se instalaba una y otra vez, hasta el sueño de la muerte.

En algún momento había cambiado su rumbo. En algún punto había tirado la toalla. Se había desviado, dejado de lado a sí misma. Había olvidado cómo intentarlo. Sólo buscaba la contemplación y estar en paz. Estar dentro de ella en paz.

Soñar.

VIII


Erik bajó del transporte en el sector 7. Unos niños corrieron con coronas digitales en sus cabezas. Tomó del brazo del último y le preguntó por la tienda de diskettes. El chico le indicó con una señal hacia la calle de enfrente, luego salió detrás de sus amigos.
La calle era angosta y alternativa a la principal. Pareciendo más pequeña entre las paredes de los edificios antiguos de la era postindustrial anterior. Era increíble que siguieran en pie. Construidos con el metal rojo traído de las excavaciones en el oeste del planeta. La existencia de ese recurso permitió que se desarrolle la principal fuente de ingresos en el planeta, las fábricas de osciladores de energía. Estos permitían la producción de calor y electricidad para mantener el sistema y la calidad de vida del imperio.
Lo irónico de que el planeta, en el cual se produce el elemento fundamental de la economía, esté sumergido en grandes crisis sociales y ecológicas no es fortuito. "Nos tienen entretenidos con las cápsulas y coronas digitales mientras nos dejamos la vida en sus fábricas", pensó Erik mientras caminaba por la calle. Vio el viejo cartel de neón en el cual se leía “TOTAL DISKETT-S”, la última letra "E" no funcionaba.
El local era el primero en una antigua galería, que se hundía unos diez pisos y subía otros tantos más. Era una de las viejas galerías comerciales de la época del tratado nuclear. Su abuelo la había vivido. La bonanza económica, consecuencia del tratado, en la cual se exportaba toda la producción de osciladores a las siete galaxias más cercanas. La vida en el planeta era muy distinta a lo que es hoy. Estos viejos barrios lo demuestran, los edificios que no han sido demolidos son la prueba.
Antes de entrar en la tienda observó un viejo CAFÉ/PUB abandonado en el centro de la galería. Se lo imaginó lleno de gente riendo, comiendo y tomando bebidas. Los “ultra-cines” llenos en los fines de semana, la gran “Biblioteca LASER” repleta de literatura y de recopilación cultural de miles de siglos, hoy un basurero infecto por ratas.
Entró en el negocio. Los estantes repletos de diskettes, usados y nuevos en sus cajas llegaban hasta el techo. En el medio del lugar, mesadas con varias secciones. Caminó entre los estantes unos metros hasta el mostrador. La luz era tenue, dado que los títulos de los diskettes brillaban al mirarlos. Sobre el mostrador antiguo, construido de una buena madera firme y bien trabajada, se apoyaba una máquina registradora, un velador dorado cuya cálida luz impregnaba tranquilidad al lugar, un “disko-probador” con su corona digital y varios diskettes. Detrás, un anciano de larga barba y cabellos blancos escribía en un cuaderno. Sin levantar la vista dijo:
—Buenas tardes, ¿qué necesitas?
—Buenas tardes, me han dicho que sólo aquí se consigue un diskette llamado ILUSIÓN.
El anciano dejó de escribir y levantó la vista observándolo seriamente.
—¿Quién te ha dicho eso?
—La mujer del vestido blanco.
El hombre pulsó un botón que cerró la puerta del local.
—Acércate muchacho. Quiero ver tu rostro, ya a mi edad no veo bien como antes.
Erik acercó su cabeza estirando el cuello por encima del mostrador, en ese momento el hombre le agarró fuerte la cabeza y lo inyectó con una extraña pistola.
—¿Qué hiciste? ¿Qué me inyectaste? ¿Estás loco? —preguntó Erik asustado.
—No te preocupes, es sólo un nanochip de seguimiento. Es necesario, no podemos arriesgarnos. Sabremos todo de tí: a dónde vas, con quién hablas, qué dices, todo.
Erik no pronunció palabra.
—Aquí está el diskette, tómalo y vuelve a tu casa.
Salió del local caminando. Al llegar a la esquina dio la vuelta y miró las viejas galerías. Hacia arriba, hasta el último piso. El edificio estaba apagado, no tenía luces, más allá se podían ver las estrellas y, en el cielo oscuro en lo alto, la inmensidad.
Deseó viajar lejos, estar en los campos, alejado de las fábricas, de la ciudad, de la tecnología, del dinero; en la naturaleza, en soledad, contemplando los bosques y los lagos. Lejos de todo.

IX


Durmió en el piso de piedra. Muy profundo, sin sueños. Había olvidado dónde estaba.
Le esperaba un largo camino hasta el mercado más cercano. La mañana era poderosa con su cielo azul profundo y el fuerte sol blanco. Estaba decidido a llegar, conseguir provisiones y seguir hacia las cavernas, a las excavaciones. Cerca de esos lugares podría asentarse, podría adaptarse y, tal vez, tener una buena vida.
—En el mundo exterior fuimos enemigos, estuvimos en bandos contrarios. Todo eso no importa, te deseo un buen viaje —dijo el ermitaño, sentado fuera de la cueva.
—Gracias, mi estadía en este planeta recién comienza. Tú llevas décadas aquí, ¿cómo has hecho para sobrevivir tanto tiempo?
—Es necesario olvidar quién eres.
El brujo observó al hombre de edad avanzada y sintió una ráfaga de tristeza que lo sacudió por dentro. Todas las emociones que él ha callado, todos los deseos, sus sueños, su propia identidad y sin embargo, sigue aquí, sigue en esta cueva olvidada por Dios.
—¿Tú te has olvidado de tu antigua vida? ¿Nunca piensas en tu pasado?
El anciano lo miró fijamente a los ojos pero luego cambió su vista hacia el horizonte. Estaba mirando más allá. Por un instante estuvo en otro lugar, en otro tiempo, inmerso en recuerdos, sensaciones y emociones. Su rostro había cambiado ligeramente, por primera vez desde que lo había conocido tuvo un brillo en su mirada que no supo reconocer si era nostalgia o alegría.
—Recuerdo a mi padre… en su cápsula…
El brujo hizo un saludo con la cabeza y emprendió su camino por el sendero.
Poco a poco se fue haciendo más pequeño, caminando en el desierto, paso a paso en línea recta hacia el norte. Paso a paso hacia su suerte.
Erik lo observaba en silencio.

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